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11 AGO-09

Bendito CEEI

Bendito CEEI

O ¿cómo demonios conseguí colarme aquí?

Bendecir no está de moda. Debería ser una práctica habitual, lo de hablar bien de los demás pero –quizás debido a esa insensata búsqueda de la perfección que espolea al ser humano- lo más común es la maldición.

Permitan, ante todo, que me presente. Mi nombre es Miguel Peláez y soy uno de los huéspedes de esta Casa, quizás el más dichoso. Me dedico al proceloso negocio de la Televisión, sobre el cual no me pronunciaré -por la salud de mis tímpanos- y tengo por costumbre agradecer, casi a la manera anglosajona –o peor, a la francesa-, aquellos favores que me son prestados. He aquí el quid del presente artículo.

Arribé a este puerto hace ya casi tres años, con una maleta llena de teorías y esa mirada ingenua propia del extranjero recién llegado. Determinó el Destino que me topara aquí con personas propensas a escuchar –y lo suficientemente intrépidas como para dar pábulo a un cretino como yo- así que decidí sumergirme en sus usos y costumbres, al tiempo que ordenaba este bagaje tan pesado. Acabé por instalarme, siete meses atrás, en uno de los reservados para polluelos y de este modo comenzó mi feliz historia.

A pesar de todo lo vivido, me veo bastante demócrata. Creo en esa tontería del “unidos llegaremos” y en tratar bien a los demás –y tal- y por eso considero mi obligación remarcar un detalle que quizás haya pasado desapercibido para quienes, como yo, están tan a gusto en este acogedor saco amniótico.

Resulta que, de no ser por el CEEI, mi empresa no existiría. Al menos, en su configuración actual. No se trata de “echar una mano” a los emprendedores, sino que –en rigor y especialmente en tiempo de crisis- este vivero es el elemento crucial del sistema: aquél sin el cual el barco se hunde. Y se hunde, créanme.

Los requisitos para unirse a la Familia son públicos, todos los conocemos: idea innovadora, empresa de base tecnológica. Los logros de la Institución, también: quince años de rueca, fabricando este resistente tejido económico. Pero amigas, amigos, agárrense, que no todo va a ser un paseo de rosas.

¿Se les ha ocurrido reflexionar acerca de lo minoritario del fenómeno? Quiero decir… realmente, el CEEI ¿es un coto vedado? ¿Hasta qué punto es accesible? ¿Es ésta toda la innovación de la que somos capaces en Asturias? El modelo ¿es extensible a otros ámbitos? ¿Podría hacerse aún más?

Soñador yo –pobre de mí- concibo un mundo en el que estos recursos (un techo, una llave y luz en el camino, para no tropezar) estén al alcance de los demás –demócrata, recuerden-. Mis vecinos son –en su mayoría- brillantes ingenieros, expertos, entre otras, en las artes de la Antropometría y la Telemedicina. Yo soy un caso excepcional, un gacetillero que se coló por la puerta trasera; pero ellos son élite, son el progreso encarnado. Nadie más que ellos merece estar aquí alojado.

Lo que yo me pregunto es si el hipotético frutero (pensando en la aledaña Mercasturias) tendrá las mismas oportunidades que nosotros para montar su negocio.

Y mi punto de partida es que la Telemedicina es genial, pero la fruta también. Y más en tiempo de crisis.

Evidentemente, los recursos públicos son limitados y hay que elegir, priorizar. Los economistas lo llaman “Coste de Oportunidad”, creo, y la idea se podría resumir en “carne o pescado”, “vino o cerveza”: todo no, hijo mío. 

Por tanto, llegados a este punto, en el que nos vamos conociendo –diría incluso que ya hay confianza-, les dejaré un mensaje para que, si pueden, se lo transmitan a alguno de los ilustres políticos –y/o técnicos- que ingenian y financian viveros como éste:

“Benditos sean”. Gracias por crear algo así, tan verdadero, tan bello y tan bueno. Sigan por este camino, por favor, pero no se detengan. Es el momento de asumir que el balance es positivo –que el experimento funciona- y de exportarlo a otros campos, no tan innovadores, no tan tecnológicos, pero también beneficiosos. Estoy seguro de que descubrirán el modo de hacerlo, para que el proyecto siga siendo bello, para que sea bueno.

Quizás, algún día, en honor a la verdad, sean también bendecidos por los fruteros.  

 

Miguel Peláez Franco

DOKULT, C. B.

Julio de 2009